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Martes 18 de Mayo de 2021

18/07/2018

Columnas y Opinión

Opinión

En la calle no existe el piropo

A llamarlo por su nombre: acoso callejero
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María Sil Yaber Nelson
@mariasilyaber

Redactora Hola Tucumán

Desde hace tiempo, las mujeres venimos luchando contra ese concepto de piropo tanaceptado y muy arraigado en la cultura y sociedad -patriarcales ambas- pero...

¿Qué es un piropo?

Según la Real Academia Española, se trata de un sinónimo de “galantería”.

Antiguamente, utilizado para designar a los rubíes con los que los galanes cortejaban a sus prometidas. Los que no tenían dinero, conquistaban con frases bonitas e ingeniosas. De ahí su derivación como “cumplido”. 

Asociado al “halago” hacia el sexo femenino, el piropo se ha instaurado en las calles como un transeúnte masculino más, época tras época en nuestra sociedad, abordando nuestro espacio personal sin miramientos. Lo hemos conocido -más bien padecido- muchísimas, sino todas, las mujeres desde muy temprana edad en referencia a nuestra apariencia física, vestimenta, modo de andar e innumerables razones que recitan en sus dichos quiénes se atribuyen el derecho de opinar sobre esto mismo. Es, en palabras de la antropóloga Rita Segato, “una manera de recordarnos a las mujeres quiénes mandan y quiénes deben someterse”

Según un estudio de la Universidad Abierta Interamericana (UAI) realizado a 1576 personas sobre acoso callejero, 8 de cada 10 mujeres reconocieron haber sufrido acoso en la vía pública, y un 98.7% dijo haber experimentado sensación de “rabia, asco, miedo, bronca, inseguridad y angustia”. Sin embargo de los varones que contestaron la encuesta, el 45.4% piensan que decir cosas en la calle nos halaga y un 64% opinó que la forma de vestirse tenía que ver con la reproducción de esta práctica violenta.

Maquillado como galantería y viviendo en las sombras, muchas lo hemos aceptado así a lo largo de la vida, resignándonos a cambiar actitudes para no provocarlo, porque lo cierto es que incomoda y es una de las formas más normalizadas de violencia de género. Intentar reivindicarlo como algo que nos agrada es ofensivo per se, porque independientemente de su contenido, el piropo callejero siempre nos vulnera: nos hace sentir menos, nos cosifica, nos coloca en un rol de subordinación de quiénes lo emiten.

La periodista y redactora de La Vanguardia, Susana Quadrado realizó hace pocos días una distinción a mi criterio totalmente desacertada: “El piropo y el acoso” haciendo alusión al halago con el primer término, y al acoso callejero con el segundo, como dos entidades separadas, opuestas.

“Se ha perdido la costumbre del piropo, y lo poco que queda no merece la pena. Hay gritos piroperos que te arrancan una sonrisa, por ingeniosos, por ridículos, pero poco más. Los hay, en cambio, muy desagradable, insultante, grosero o de mala educación. En cualquier caso, no cabe concluir que tras esos piropos exista siempre una intención perversa. Visto así, que te piropeen por la calle no creo que pueda considerarse acoso.

Acoso es otra cosa. Acoso es el que sufren las mujeres cuando un hombre, generalmente su jefe, las intimida un día y otro día y otro en la oficina con comportamientos inoportunos a cambio de favores sexuales”. Afirma

No hay piropo bueno o piropo malo en la calle. Vamos de una vez por todas, a llamarlo como como lo que sentimos las mujeres que es: acoso callejero. Porque independientemente de su contenido, forma e intención, este acto solo pone de relieve quien ostenta poder y quién no.

Imaginen Uds. recibir opiniones sobre sus cuerpos a diario, en distintos tonos de voz, en solitario, en grupo, de noche, en un callejón oscuro, en una calle transitada, en la parada del colectivo, esperando un taxi en una esquina a las 9 de la mañana, y así podría enumerar miles de ejemplos de horarios y lugares y el resultado sería el mismo: desagrada y no ha sido solicitado.

No tenemos que irnos lejos para encontrar testimonios:

“Cuando tenía 12 años, medía lo mismo que ahora (1,70) y era re flaca, iba en mi bicicleta tenía puesto un pantalón deportivo que en esa época eran súper anchos, pasó un tipo y me dijo que le encantaría ser el asiento de la bicicleta acompañado de ese mmm más asqueroso que le agregan. Desde ese día no he querido andar más en bicicleta” cuenta Verónica C. de 34 años.

Hace unos días, me dirigía a una reunión con mi jefe. Eran las 10 de la mañana, transitaba por una de las calles céntricas de la capital tucumana, y en un trayecto que no superó los 400 metros, fui acosada por 3 hombres, más o menos uno por cuadra. Los dos primeros pudieron irse rápido, puesto que venían en dirección opuesta a mí y siguieron su camino, pero no se la llevaron de arriba, les dije de todo. El tercero no corrió la misma suerte de los anteriores, porque no iba de camino a ningún lado, era un repartidor que realizaba una entrega en una zapatillería y que no sabía que se iba a acordar de mí para siempre. Cuando pasé delante suyo deslizó un mi amor, que cosita hermosa, a lo que respondí de inmediato cuestionándole el atrevimiento, levantando la voz y exigiendo me explique con qué derecho opinaba sobre mi persona… por supuesto se inmutó, jamás pensó obtener respuesta, seguro estaría acostumbrado a hacerlo con total impunidad. Yo no permito más estos atropellos, mantenerme en silencio ayuda a perpetuar la idea de que está bien callarse y fundamentalmente, no es el mensaje que quiero transmitirle a mi hijo. -La autora de esta columna-

Por eso, hablar de piropo callejero bueno y malo, o piropo versus acoso como plantea Quadrado, es llevar a cabo una separación errónea permitiendo que se siga propagando, resguardándola bajo el paraguas de la idea de que hay un piropo deseable,perdonable, inimputable y que debe ser tolerado, colocando de esta manera a las mujeres -y personas consideradas inferiores dentro del esquema de roles hetero-normativos y patriarcales- en un lugar de  subordinación en relación a los varones y como destinatarias pasivas de éstos últimos. No nos gusta y no tenemos porqué aceptarlo estoicamente, además de desconocer las consecuencias que puede generar en quién está siendo acosada.

no sigamos alimentando ese discurso de mal gusto que nos ha hecho creer por tanto tiempo, que las mujeres requerimos que un desconocido nos diga algo para sentirnos valiosas.

Los halagos son los que se llevan a cabo dentro del círculo de confianza de la persona que lo recibe, en la intimidad de su espacio. No le genera miedo, incomodidad, asco, rabia, bronca, vergüenza o ganas de salir acompañada a la esquina.

Si quiere hacerla sentir bien: DÉJELA CAMINAR TRANQUILA POR LA CALLE, que su masculinidad no se verá afectada, se lo prometo.



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